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Bajo el concepto comportamiento antisocial se engloban problemas diversos como: la agresión; la crueldad y la violencia hacia otras personas, animales o cosas; la agresión sexual; las conductas pirómanas; el absentismo escolar; el robo ejercido sobre propiedades y personas; etc. Estos problemas, que suelen comenzar a presentarse en la etapa de la infancia y la adolescencia, que requieren la atención de la sociedad y que podrían tener un carácter transitorio, pueden llegar a convertirse en problemas estables o crónicos en la edad adulta, e incluso ser la base de otros problemas o condiciones patológicas no destinadas en principio a alcanzar el grado de conducta antisocial.

El incremento de este tipo de conductas viene derivado por los cambios experimentados en la sociedad en los últimos años (fomento de un modelo de vida individualista, influencia de las redes sociales y los medios de comunicación, nuevo modelo de familia,…), que están produciendo consecuencias preocupantes en cuanto al comportamiento de niños y adolescentes.

Los menores con trastorno de conducta se han convertido actualmente en un grave problema social, ya que las consecuencias de su comportamiento trascienden a las propias familias para recaer también sobre el vecindario, la escuela, el sistema sanitario o, incluso, los tribunales de justicia. Aunque para la mayoría de estos menores las intervenciones comunitarias y familiares constituyen la respuesta indicada, persiste un grupo de menores que no se ajustan a estos supuestos de intervención y que requieren una atención global (psicológica, médica, educativa y social), que aúne y coordine los distintos dispositivos existentes en un contexto de convivencia cotidiana, es decir, un recurso a modo de consulta para la prevención, diagnóstico, tratamiento y evaluación de este tipo de trastornos.